31 de enero de 2009

Jorge Ibargüengoitia

Hasta hace poco no sabía quién era este autor de apellido eufónico. Pero ahora soy fans.

28 de enero de 2009

Salamanca y Unamuno y Jugo





Encontré este pasaje espléndido que transcribo en La Guerra Civil Española de Hugh Thomas. Sucedió entre el Paraninfo de la universidad y la Calle Libreros.



"(…) Miguel de Unamuno, sumo sacerdote de la generación del 98, siguió un camino diferente.
Como rector de la universidad de Salamanca, al empezar la guerra civil se había encontrado en territorio nacionalista. La República le ha desilusionado, había admirado a algunos de los jóvenes falangistas, y dio dinero para el alzamiento. Todavía el 15 de septiembre apoyaba al movimiento nacionalista. Pero el 12 de octubre de 1936 había cambiado de opinión. Estaba, como dijo más tarde, “aterrado por el cariz que estaba tomando aquella guerra civil, realmente horrible, debida a una enfermedad mental colectiva, a una epidemia de locura, con un sustrato patológico”. En aquella fecha, aniversario del descubrimiento de América por Colón, en el que se conmemoraba la “Fiesta de la Raza”, se celebró una ceremonia en el paraninfo de la universidad de Salamanca.

Allí estaban presentes el doctor Pla y Deniel, obispo de Salamanca, y el general Millán Astray, el fundador de la legión extranjera, que por entonces era un asesor importante, aunque oficioso, de Franco. Su parche negro en un ojo, su único brazo y sus dedos mutilados lo convertían en un héroe del momento. Presidía el acto Unamuno, el rector de la universidad. La ceremonia tenía lugar a un centenar de metros del cuartel general de Franco, instalado desde hacía poco tiempo en el palacio del obispo de Salamanca, por propia invitación del prelado. Después de las formalidades iniciales, vinieron los discursos del dominico Vicente Beltrán de Heredia y del escritor monárquico José María Pemán. Ambos discursos fueron muy apasionados. También lo fue el del profesor Francisco Maldonado, que atacó violentamente al nacionalismo catalán y al vasco, describiéndolos como “cánceres en el cuerpo de la nación”. El fascismo, el “sanador” de España, sabría cómo exterminarlos, “cortando en la carne viva como un cirujano resuelto, libre de falsos sentimentalismos”. Desde el fondo de la sala alguien gritó el lema de la legión extranjera: “¡Viva la muerte!”. Millán Astray dio a continuación los gritos excitadores de multitudes que ahora eran ya habituales: “¡España!”, gritó. Automáticamente, una serie de personas gritaron: “¡Una!” “¡España!”, volvió a gritar Millán Astray. “¡Grande!”, contestó el auditorio. Y al grito final de “¡España!” de Millán Astray, sus seguidores respondieron: “¡Libre!”. Varios falangistas, con sus camisas azules, hicieron el saludo fascista ante la fotografía sepia de Franco que colgaba de la pared sobre el estrado.

Todos los ojos se volvieron hacia Unamuno, cuya antipatía a Millán Astray era conocida, y que, al levantarse para cerrar el acto, dijo: “Estáis esperando a mis palabras. Me conocéis bien y sabéis que soy incapaz de permanecer en silencio. A veces, quedarse callado equivale a mentir. Porque el silencio puede ser interpretado como aquiescencia. Quiero hacer algunos comentarios al discurso, por llamarlo de algún modo, del profesor Maldonado. Dejaré de lado la ofensa personal que supone su repentina explosión contra vascos y catalanes. Yo mismo, como sabéis, nací en Bilbao. El obispo –y aquí Unamuno señaló al tembloroso prelado que estaba sentado a su lado–, lo quiero o no lo quiera, es catalán, nacido en Barcelona”. Hizo una pausa. Se produjo un silencio cargado de temores. Nunca se había pronunciado un discurso como aquel en la España nacionalista. ¿Qué diría el rector a continuación? “Pero ahora – continuó Unamuno– acabo de oír el necrófilo e insensato grito: “¡viva la muerte!” Y yo, que he pasado mi vida componiendo paradojas que excitaban la ira de algunos que no las comprendían, he de deciros, como experto en la materia, que esta ridícula paradoja me parece repelente. El general Millán Astray es un inválido. No es preciso que digamos esto con un tono más bajo. Es un inválido de guerra. También lo fue Cervantes. Pero, desgraciadamente, en España hay actualmente demasiados mutilados. Y, si Dios no nos ayuda, pronto habrá muchísimos más. Me atormenta el pensar que el general Millán Astray pueda dictar las normas de la psicología de la masa. Un mutilado que carezca de la grandeza espiritual de Cervantes, es de esperar que encuentre un terrible alivio viendo cómo se multiplican los mutilados a su alrededor”.

En ese momento, Millán Astray ya no pudo contenerse por más tiempo. “¡Mueran los intelectuales! –gritó–. ¡Viva la muerte!” Este grito fue coreado por los falangistas, con el que el militar que era Millán Astray tenía, en realidad, muy poco en común. “¡Abajo los falsos intelectuales!¡Traidores!”, gritó José María Pemán, deseoso de limar las aristas del frente nacionalista. Pero Unamuno continuó: “Éste es el templo de la inteligencia. Y yo soy su sumo sacerdote. Estáis profanando su sagrado recinto. Venceréis, porque tenéis sobrada fuerza bruta. Pero no convenceréis. Para convencer hay que persuadir. Y para persuadir necesitaríais algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parece inútil el pediros que penséis en España. He dicho”.

Siguió una larga pausa. Algunos de los legionarios que rodeaban a Millán Astray iniciaron un
amenazador movimiento de aproximación al estrado. El guardia personal de Millán Astray apuntó a Unamuno con su ametralladora. La mujer de Franco, doña Carmen, se acercó a Unamuno y Millán Astray y pidió al recto que le diera el brazo. Él se lo dio y los dos salieron juntos, lentamente. Pero ésta fue la última vez que Unamuno habló en público. Aquella noche, Unamuno fue al casino de Salamanca, del que era presidente. Cuando los miembros del casino, algo intimidados por estos acontecimientos, vieron la venerable figura del rector subiendo las escaleras, algunos gritaron: “¡Fuera! ¡Es un rojo y no un español! ¡Rojo, traidor!” Unamuno entró y se sentó. Un tal Tomás Marcos Escribano le dijo: “No debería haber venido, don Miguel, nosotros lamentamos lo ocurrido hoy en la universidad, pero, de todos modos, no debería haber venido”. Unamuno se marchó, acompañado de su hijo, entre gritos de “¡traidor!” El único que salió con ellos fue un escritor de segundo orden, Mariano de Santiago.

A partir de entonces, el rector ya no salió casi nunca de su casa, y la guardia armada que le acompañaba tal vez era necesaria para garantizar su seguridad. La junta de la universidad “pidió” y obtuvo su dimisión del cargo de rector. Murió con el corazón roto de pena el último día de 1936. La tragedia de sus últimos meses fue una expresión natural de la tragedia de España, donde la cultura, la elocuencia y la creatividad estaban siendo reemplazadas por el militarismo, la propaganda y la muerte. Poco después, hubo incluso un campo de concentración para prisioneros republicanos llamado “Unamuno”.


27 de enero de 2009

21 de enero de 2009

ferlosio y la función del escritor

Algún otro señaló se debe escribir para dar calma a los que están desesperados y turbar a aquellos que tienen calma. Ferlosio ejemplifica:

(Abstracciones) Es un error sumamente craso el de seguir diciendo "frías abstracciones", cuando es cada día más llamativo hasta qué punto el hierro de la abstracción se ha vuelto el que más pronto y con más ganas se pone incandescente.

Glosa a José María Ridao) Lo más descorazonador de los políticos es que siempre están empezando, y sin capacidad para darse cuenta de que todos sus empezares son un volver a empezar. Con este empezar recurrente se corresponde el que los gobernados pacientes tiendan a decir una y otra vez "Ahora sí que".

(Obama 2009-glosa al anterior) Lo peor que podría volver a empezar ahora, una vez más, es una Nueva Era.

(Confianza) Algunos aprecian la coherencia o congruencia como una prueba de honradez en la conducta o como una garantía de verdad en el razonamiento, pero, al cabo, tiene un punto de vanidad estética: vale poco más que la rima, pero es mucho más peligrosa.

(El gran comodín) Esa noción de "el Mal", extrapolada, encarnada y proyectada en el mundo con jerarquía de Ente, es tan falsa y fraudulenta como la pócima amarilla, sebosa y pegajosa a la que en el famoso "Processo degli untori" se atribuyó la peste de Milán, cuando pasaban por esta ciudad multitud de personas, sobre todo lansquenetes, que huían de la epidemia de peste extendida al norte de los Alpes. Cuando oigo la palabra el Mal, ontológicamente enfatizada, me digo: "Ya está ahí la purga de Benito, se ha terminado la averiguación". Es el gran comodín ideológico, exorcismo de urgencia para cualquier vacilación moral.

(Equívoco pronominal) Se ponen como muy arrogantes usando el plural, porque piensan que Nosotros tiene la ejemplaridad de no ser personal sino solidario, pero Nosotros es tan persona como Yo, y, si cabe, muchísimo peor persona.

(Creyentes en la inexistencia) Ahora salen con el eslogan "Probablemente Dios no existe; deja de preocuparte y goza de la vida". No sé lo que es hoy en día "gozar de la vida" como no sea gastar dinero y hacer el mamarracho para sofocar el mortal aburrimiento de un mundo malvendido. Pero lo malo de la fe no es que Dios dé preocupaciones, sino todo lo contrario: Dios quita preocupaciones; Dios inhibe, enajena, insensibiliza, embrutece.

(Monopolio) Sería ridículo pensar que con los bombardeos de la Franja de Gaza los judíos quieren vengarse de Hamás por lanzarles unos cohetes que de cada centenar sólo uno da en el blanco (es decir, hiere o mata a una persona); los judíos no se vengan de Hamás, siguen vengándose de la Shoah, pues sólo ellos son los legítimos portadores del victimato: del victimato único y universal, y por lo tanto eterno.

(La normalidad) Siempre he sostenido y aplicado la idea de que las fórmulas verbales más comunes y estereotipadas expresan a menudo nociones o representaciones que forman parte del substrato ideológico más cotidiano de una sociedad. Recurren a manera de tics verbales fijados y consolidados en acuñaciones literalmente invariables. No hace falta un oído demasiado suspicaz para detenerse ante una fórmula como "volver a la normalidad", hoy cada día más repetida, ¡tantas anormalidades sobrevienen!, y oír en ella la expresión más profundamente representativa de nuestra sociedad burguesa, liberal y acomodada. La convicción y la confianza son las de que hay una normalidad, como un suelo seguro y permanente, una horizontal de equilibrio, a la que siempre han de volver las cosas tras los ocasionales disturbios o perturbaciones que se elevan o descienden, por así decirlo, con respecto al nivel cero de ese pavimento, alterando la calma e interrumpiendo momentáneamente la constancia y la fidelidad del mundo. Pero no hay que tener miedo: el mundo es fuerte y siempre vuelve a la normalidad.

Alma de siervo. "Tan despiadadamente autoritario debía de ser el ángel o el demonio que me veló en la cuna, que nunca me ha dictado más que un único, omnímodo y vacío mandamiento: 'Obedece'. Jamás he sido libre; toda la vida he estado obedeciendo con la paciente desgana de un burócrata pasmado, y encima siempre sin saber a qué". (De La hija de la guerra y la madre de la patria).

nec otium. Dios: haz que compren al menos

Como ya es hora de que este blog genere ingresos, he decidido montar una librería.
Se busca:
1) Socio capitalista con plata, buena plata, nada de mariconadas, que sepa delegar todo y tenga confianza ciega en mí y en la mano invisible. Bienvenidos capitalistas estoicos.
2) Empleados biblófilos y lectores, cultos y abnegados, con una salvaje ética del trabajo. Protestantes bienvenidos.

La publicidad ya la tengo lista. Falta el nombre. Metales Pesados me gusta, pero ya Sergio Parra lo agarró. Estamos negociando la franquicia.

20 de enero de 2009

19 de enero de 2009

ask michel



bailen.

nota: youtube, facebook, blogs: panópticos.

18 de enero de 2009

Kukatani sobre Obama

La fiera Michiko Kukatani, escribe sobre los libros de Obama:

As Fred Kaplan’s illuminating new biography (“Lincoln: The Biography of a Writer”) makes clear, Lincoln, like Mr. Obama, was a lifelong lover of books, indelibly shaped by his reading — most notably, in his case, the Bible and Shakespeare — which honed his poetic sense of language and his philosophical view of the world. Both men employ a densely allusive prose, richly embedded with the fruit of their reading, and both use language as a tool by which to explore and define themselves. Eventually in Lincoln’s case, Mr. Kaplan notes, “the tool, the toolmaker, and the tool user became inseparably one. He became what his language made him.”